Saxon - Wheels of steel

Enviado por Onán el Dom, 18/01/2009 - 12:39
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1. Motorcycle Man
2. Stand Up and Be Counted
3. 747 - Strangers in the night
4. Wheels of Steel
5. Freeway Mad
6. See the Light Shining
7. Street Fighting Gang
8. Suzie Hold On
9. Machine Gun

Tras un disco de debut (Saxon, 1979) sorprendente y sentido, Saxon encontró a la segunda intentona los pilares de lo que durante media década sería su sonido básico: ese rock duro, simple, energético y elástico, tocado y cantado con mucha clase y basado en guitarrazos fuertes pero a la vez sinuosos. Sin ser de los más grandes, y sin que podamos obviar ciertos altibajos en la calidad de las canciones dentro de cada disco, los primeros Saxon fueron uno de los grupos fundamentales en la transformación estilística que se produjo en los primeros 80, cuando una verdadera multitud de músicos decidió hacer (cada uno a su manera) lo que ya hiciera Black Sabbath diez años antes: desligarse del blues y el rock'n'roll en busca de algo que tuviera más energía, pero sin perder de vista las raíces. Pasito a pasito.

A mí me encanta todo lo que tiene que ver con esos años irrepetibles, ya que, sea como sea, la industria suele ir un poco por detrás de los hechos, con lo cual los grupos que participaron de este primer Heavy Metal gozaron de un (mayor o menor) éxito incipiente que, se lograra a base de mucha promoción, mucha suerte o del simple boca a boca, en cualquier caso era espontáneo: hacían algo bueno, nuevo, algo que les gustaba y que poco a poco iban reclamando como propio (véase cómo unos y otros iban añadiendo al vocabulario de sus letras la expresión "heavy metal"). Algo que iban inventándose a base de fijarse los unos en los otros, girar juntos, etc. Sólo a partir de la segunda mitad de esta década empezaron a "surgir" algunos grupos que a mí, personalmente, me atufaron a chamusquina con top de azúcar glasé.

En el caso de Saxon, la voz del cantante Biff Byford es tan personal, tan única y a la vez tan agradable, que en una escucha de cualquiera de sus discos resulta difícil mirar hacia otro lado. Es como una curiosa mezcla entre la voz de tu abuela y la de tu primo de dieciocho, aunque lo verdaderamente curioso es que tal amalgama resulte bonita (y mucho). Es una voz-voz, sin imposturas, sin gritos ni forzadas poses vocales de ningún tipo, que se dedica a cantar con fuerza y belleza, con brillo, intercalando de tanto en tanto fortísimos y animados silbidos de esos que se usan en la calle para llamar la atención de alguien que se encuentra al menos a cincuenta metros, y que bien podrían preceder a cualquier frase del tipo "¡ey, tronco, que no pilles dos litros, que pilles tres!". Tiene algo, en definitiva, que hace sentir que quien te está cantando es tu vecino de dos cuadras más allá.

Pero lo bueno de estos primeros Saxon es que (maravillosa voz aparte) se comportaban como un verdadero grupo, en el que cada cual cumplía una función fundamental. Y a la vez todos lo hacían muy a su manera. Paul Quinn y Graham Oliver sacaban de sus guitarras unos riffs y unos solos muy particulares, curiosamente parecidos entre sí, lo que les hace pertenecer a la categoría que yo llamo de "guitarristas gemelos", esas parejas de hachas que, aparte de funcionar muy bien, se funden de una manera especial que hace que resulte difícil distinguirlos entre sí. (Para entendernos, otros ejemplos de este "fenómeno" estarían en Slayer o en los primeros Mercyful fate, que hasta indicaban en los discos de quién era cada solo). Por su parte, el batería Pete Gill, que aún duraría en la banda otros dos discos más, sonaba también muy "a sí mismo" y con gran frecuencia daba en el mismísimo clavo a la hora de escoger los arreglos en servicio del conjunto. Y por último, pero no menos importante, el destripaterrones, el calvo fortachón con bigote cual bandolero de Sierra Morena: el bajista Steve Dawson, que cumplía quizá el que más esa función de integrarse en la música como un pilar anónimo, como un muro de carga despojado de la más mínima floritura. Dawson se subía a Saxon a la espalda, como Obélix con su menhir, y echaba a andar. Mariconadas, las justas. Por algo no escogió el flautín.

Wheels of steel (curiosa aliteración, empezamos bien) es un disco entrañable y rockero, como manchado de grasa de moto. Así comienza precisamente Motorcycle man, la primera canción: con unas motos que pasan a toda prisa de bafle a bafle, y que dan paso a unos primeros guitarrazos que cumplen una estricta función de presentación. Cuidado, que aquí vamos, parecen decir. Un golpe de caja, y comienza la acelerada canción de la que poco cabe decir a estas alturas: los Saxon más alegres, macarras y rápidos, nos dejaban claro por dónde iban a ir los tiros en adelante (y así fue). Esta canción, que ha seguido formando parte obligatoria de su setlist durante años, nos indica también que vamos a disfrutar de la escucha de una producción humilde pero fiel y certera, con un cierto punto a serrucho que le va al grupo como anillo al dedo. El delay usado para la voz de Byford, que para otros casos sería excesivo, le da un punto encantador a su canto dicharachero y lo funde de maravilla con el resto del grupo. Ya nada puede salir mal, podemos seguir escuchando con toda confianza.

No me voy a detener en todas las canciones ya que las veo en su mayoría más o menos parecidas o, digámoslo así, equivalentes: ambientes rockeros, festivos, alegres y llenos de ritmo, de bajos que se mantienen en una nota pedal como una piedra y de riffs potentes tocados con mucho vibrato y mucha personalidad que, sin ser de los más sonados del género, no me cabe duda de que influyeron en muchos guitarristas posteriores. Es música para mover los pies sin más remedio, música que sube a las alturas pero a la vez está profundamente enraizada en el suelo por el bajista del menhir. Algunos cortes como el rudo broche final Machine gun anuncian cierta tendencia hacia una mayor velocidad en la que más adelante se movieron más y más como pez en el agua, sin que por ello llegaran a rozar lo más mínimo el thrash ni nada de eso. Se mantuvieron siempre en un entorno fluido aunque corrieran, en un ambiente musical que rueda amablemente, cosa que en músicas más rápidas es del todo imposible.

Ojo con la faceta más melódica de Saxon, que aquí quedó reflejada magistralmente en Suzie hold on, un temazo con el que se te pueden saltar las lágrimas según te pille... y la culpa no sé si es de la propia melodía, suprema, aunque sé seguro que Byford la canta de tal manera que le saca todo el jugo. Técnica, sensibilidad, buen gusto, simpatía... ¿qué más se le puede pedir a un tipo que canta rock?

Merece mención aparte el tema que da título al disco. Un auténtico clásico de Saxon, un groove cabezón, basado en un riff rockero acertado y sólido, que repta hasta el infinito y que rebañan en directo todo lo que les da la gana, en versiones repetitivas de las de diez minutos o más. No es que le vea un valor intrínseco enorme, sobre todo como composición, pero no deja de ser una especie de tarjeta de visita, una declaración de intenciones que encierra toda la esencia del grupo. Y un fiestón, qué demonios. No se me va la imagen de Graham Oliver, en un vídeo de la época, dando puñetazos a la guitarra para obligar al acorde inicial a seguir resonando un poco más y prolongar así la intro hasta el infinito, a la espera de presentar por fin el famoso riff.

Pero hay una canción en este disco que hace que se me haga un nudo en la garganta y se me pongan como escarpias los pelos de los brazos. Los que conozcáis a Saxon en general, o este disco en particular, sin duda sabéis que me refiero a 747 (Strangers in the night). Que no me puedo referir a otra. No en vano la han usado para el nombre de su web oficial; por algo será. Y no en vano la tocan en directo, supongo que siempre. Pero ¿qué tiene esta canción que la convierte en algo tan especial, tan por encima de las demás? No lo sé, parece algo que viene de muy adentro. Se trata de una composición que, basada en un riff especialmente certero y en una parte B no menos inspirada que hace las veces de estribillo (¡A + B, nada más!), consigue un efecto hipnótico que se sale por los cuatro costados. La letra habla de un inquietante incidente aéreo: un avión, un 747, está llegando al aeropuerto de Nueva York y trata de aterrizar, pero no hay luz en la pista y no puede hacerlo. La situación es peliaguda, porque andan justos de combustible y... ¿qué hacer? Pues bien, la letra de la canción, obsesiva y repetitiva, nos deja en ese punto en el que no se sabe muy bien qué va a pasar. Es una descripción de esa sensación de desamparo y de urgencia, no es la historia de lo que pudo ocurrir. No hay desenlace, vaya. Ahí nos quedamos suspendidos en el tiempo. Es por esto que 747 (Strangers in the night) se puede escuchar una y otra vez sin parar. La música, con su progresión de cuatro acordes simples y llanos, consigue de una manera mágica enlazarse con la letra, y no hace sino realzar la sensación de que se ha suspendido el tiempo. En el estribillo, el bajo pétreo de Dawson se torna particularmente crucial, con sus corcheas cabezonas que van descendiendo mientras Byford mantiene el mismo giro melódico. A todo esto hay que añadir el solo sublime que abre y cierra la canción, en el que Paul Quinn hace gala de una clase y una inspiración de las que no abundan, y un pequeño detalle que me parece lo más certero del mundo: la forma en que Pete Gill da paso a las estrofas cada vez que sale del estribillo. Qué bien le queda, y qué absoluta ausencia de afán de lucimiento personal.

En fin, 747 (Strangers in the night) continúa con una faceta de Saxon, la seria, honda y a ratos mística, que ya anunciaron en Frozen rainbow y más adelante continuarían con canciones como Dallas 1 PM o And the bands played on. Todas estas canciones me encantan, pero me quedo de largo con la que nos ocupa. Qué temón, por Orín. Los que no lo conozcáis disfrutadlo con salud, que es una de esas joyas que se encuentra uno muy de vez en cuando.

Biff Byford - voz
Graham Oliver - guitarra
Paul Quinn - guitarra
Steve Dawson - bajo
Pete Gill - batería

Sello
Carrere